La Parábola del Hijo Pródigo



Esta parábola hace referencia a la grandiosa misericordia y a la infinita consideración de Dios ante nosotros, sus hijos, que lejos de sorprenderle con nuestras maldades, él nos acepta y perdona, pues al crearnos libres aceptó el riesgo de que cayéramos ante el pecado.

Enseñanzas de la Parábola del Hijo Pródigo

En esta parábola, el Padre representa a Dios: a pesar de que nos alejemos de él, de que obremos mal, de que pequemos y de que no lo tengamos siempre presente, Él tiene un corazón bondadoso que en cada ocasión nos dará la bienvenida y nos acogerá cuando le necesitemos, cuando le busquemos, cuando pensemos en él, cuando le hablemos, recemos, o cuando prediquemos su palabra, siempre.

Aunque el hijo menor de este hombre tomó su parte de la herencia y se fue a un país lejano a despilfarrarlo y malgastarlo, donde después la pasó mal, y sufrió las consecuencias de su obrar desequilibrado, Dios puso la necesidad en él.

Se vio afectado por la realidad y se vio en necesidad de Dios (su padre). Motivado por esta, el hijo menor recapacitó y, en búsqueda de una mejora para su situación, decidió volver, con completa disposición de disculparse, arrepentido, y sabiendo bien que debería reconocer sus errores, perjuicios y daños, pues había pecado ante su padre y contra Dios. ¿Por qué contra Dios? Porque con sus acciones ofendió la verdad y la Santidad del Único.

Reflexiones de la Parábola del Hijo Pródigo

¿Por qué ante su Padre? Porque en su condición de padre, por más que el hijo peque, este peca ante el que saca el bien del mal; indiscutiblemente y frente a cualquier contexto, pues esa es la principal misión de un padre ante su hijo, ofrecerle y plantearle las opciones, y posteriormente, guiarlo siempre a ver y elegir el bien sobre el mal. Cuando su padre lo vio volver, fue mayor su alegría por reencontrarlo que cualquier otra cosa, y fue allí que lo levantó, le reveló su propia dignidad y valor y lo reconoció como su hijo, agradecido por su llegada a su hogar, donde le extrañó, y en seguida ordenó el festejo de este acontecimiento.

Mientras acontecía la celebración de su regreso, llegó al lugar el hijo mayor, que al percatarse del festejo que se llevaba a cabo, le preguntó a uno de los muchachos qué era lo que pasaba, y al enterarse, se enfureció sintiendo que era una injusticia. Enseguida, su padre le suplicó, a lo que él respondió con molestia que siempre le había servido sin ninguna desobediencia y que el padre nunca le dio siquiera un cabrito para festejar, pero que el regreso de su hermano si era motivo para matar al ternero gordo, aun cuando este actuó de la forma que actuó cuando salió del país.

Seamos capaces de perdonar

Estos reproches son los que le dan al hermano mayor la condición para representar a los fariseos ante Dios y ante la posición del confundido hijo menor. Es así como debemos reflexionar acerca de las veces que juzgamos, llenos de ira y de frustración, las decisiones de los demás, sin recordar por un momento la grandísima misericordia con la que Dios siempre nos recibe de vuelta aun después de haber obrado en su contra.

Así que actuemos como lo haría nuestro Padre y perdonemos, persuadamos y apoyemos al prójimo cuando este emprenda el camino del Señor, o más bien, encamine su transitar hacia el Reino de Dios.

Versículos de la Parábola del Hijo Pródigo:

Lucas 15:11-32

Parábola del hijo pródigo 11 También dijo: Un hombre tenía dos hijos; 12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. 13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.

14 Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.

15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.

16 Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.

17 Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!

18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.

20 Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.

21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.

23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;

24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.

25 Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas;

26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

27 Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. 28 Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase.

29 Más él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos.

30 Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo.

31 Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.

32 Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.

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