Explicación de la oración (2)

Considera como el mayor regalo que Dios nos ha hecho, así es la oración. Es simplemente el poder hablar con Dios a través de una condescendencia divina que es imposible de comprender.
Cuando nos disponemos a orar, y se abren nuestra boca para rezar, muchas veces pensamos que somos nosotros mismo los que tenemos la iniciativa. ¡Pero no es así!
Ya que ha sido Dios quien nos ha buscado primero, quien ha elevado de una manera especial nuestro pensamiento, es decir; el nos ha dictado las palabras, que ha impactado nuestros sentimientos.
En el Catecismo de la Iglesia Católica claramente podemos observar que la oración, es una llamada de Dios, y luego se convierte en una respuesta nuestra con respecto a él. La oración es simplemente una gracia de Dios.

¿Dios tiene necesidad de nosotros? ¿Es Dios quien nos busca? ¿Es Dios quien sale a nuestro encuentro?…
Solamente un verdadero creyente en la fe sabe responder que sí. Porque Jesús nos dijo que Dios es nuestro Padre, uno que nos ama. Y el que ama, no puede pasar sin hablar con su hijo querido.

Cuando queremos orar, nos ocurre igual que a la Samaritana junto al pozo de Jacob. Aquella mujer de seis maridos, Pues, a reconocer que tenía sed. Y por ese motivo, pidió a Jesús:
– ¡Dame, de esa agua, para que no tenga más sed!

La mujer no se daba cuenta de que primero había sido Jesús el que había pedido agua:
¡Mujer, dame de beber!… Y ella humildemente le daba, porque Jesús se había adelantado a pedírselo.

2677 “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros… ” Con Isabel, nos maravillamos y decimos: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 43). Porque nos da a Jesús su hijo, María es madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones: ora por nosotros como oró por sí misma: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: “Hágase tu voluntad”.

“Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la “Madre de la Misericordia”, a la Toda Santa. Nos ponemos en sus manos “ahora”, en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora, “la hora de nuestra muerte”. Que esté presente en esa hora, como estuvo en la muerte en Cruz de su Hijo, y que en la hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra (cf Jn 19, 27) para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso.

2678 La piedad medieval de Occidente desarrolló la oración del Rosario, en sustitución popular de la Oración de las Horas. En Oriente, la forma litánica del Acáthistos y de la Paráclisis se ha conservado más cerca del oficio coral en las Iglesias bizantinas, mientras que las tradiciones armenia, copta y siríaca han preferido los himnos y los cánticos populares a la Madre de Dios. Pero en el Avemaría, los theotokía, los himnos de San Efrén o de San Gregorio de Narek, la tradición de la oración es fundamentalmente la misma.

2679 María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado, acogemos en nuestra intimidad (cf Jn 19, 27) a la Madre de Jesús, que se ha convertido en la Madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella y orarle a ella. La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María. Y con ella está unida en la esperanza (cf LG 68-69).

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