Bienaventurados los mansos

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Si las anteriores bienaventuranzas expresan una deficiencia, esta tercera se refiere a una virtud del hombre: ser manso.

En el mundo actual ser manso puede ser considerado más bien una debilidad, y no una bendición, ya que ser bendecido es ser poderoso e influyente, en este sentido el progreso depende de los fuertes.

En esta de Jesucristo, la mansedumbre no significado ser pasivo, cobarde o amable, tampoco buscar la paz a cualquier costo, sino que aquellos hombres que han aceptado su pobreza de espíritu, capaces de llorar ante Dios y por ello han recibido su consolación,  han aprendido a ser humildes de mente, amables ante él y el resto de la humanidad.

La virtud de ser manso radica en amar y proteger a otros, aceptando y obedeciendo las enseñanzas de Dios, por ello el manso siempre será un guía para otras personas, tal cual como lo hizo Jesucristo, desprendiéndose de todos aquellos defectos y emociones negativas que perturban la paz del ser humano.

Entonces al cultivar la mansedumbre, no te quejarás, no serás presumido sino más bien dócil, no te sentirás ofendido y entenderás a aquellos que incluso te odian sin guardarles resentimiento; con esta virtud cristiana serás poseedor de muchas realidades que darán bienaventuranza en tu vida.

Por ello el hombre que produce el fruto de la mansedumbre heredará la tierra.

¿Pero cómo los mansos heredaran la tierra?

 Para la humanidad todo buen proceder debe ser premiado con algo tangible, en este caso, poseer la tierra, brinda seguridad, tranquilidad, serenidad y prosperidad.

Pero más allá del significado material, con esta bienaventuranza, Jesucristo se refiere a las posesiones espirituales que alcanzará el hombre manso cómo: ser querido, ser bienvenido, ser respetado por los demás, y la bendición de pertenecer al reino de Dios, que nunca perecerá, ni desaparecerá, y donde estará seguro, feliz y libre.

 



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