10. No codiciarás los bienes ajenos.

No es un secreto para ninguno que estas cosas son evidentes en el ser humano, pues producen un desorden en nosotros el, cabe destacar que entretenernos por gusto en pensamientos y deseos impuros nos atrae y muchos son debilites; Pero esto no le agrada a  Dios en este noveno mandamiento. Pero, además, estos pensamientos y deseos impuros desestabilizan nuestra sexualidad e incitan al pecado destruyendo así, matrimonios y familias.

Es muy necesario que aprendamos que Dios está interesado en ayudarnos. El Señor hace énfasis en la fuerza con que debemos luchar contra el desorden de nuestras pasiones: Escrito está en la biblia “Si tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti, porque te es mejor que parezca uno de tus miembros que no todo tu cuerpo sea arrojado al infierno” (Mt 5,29). Cuidado no es de manera LITERAL eso tiene un significado genuino.

¿Qué nos demanda el noveno mandamiento de la Ley de Dios?

Este mandamiento de la Ley de Dios nos manda que seamos puros y que NO tengamos malos pensamientos y malos deseos

Por consiguiente, aunque sea difícil apagarnos a los mandamientos de Dios, son justos y necesarios para nuestras vidas, muchas veces decimos que Dios NO tiene la razón. O nuestro orgullo nos gana y preferimos dejar que nos supere el pecado.

Pero gracias a este mandamiento muchas personas han decido hacer lo correcto y seguir los estatutos de nuestro Dios

 

DÉCIMO MANDAMIENTO:

NO CODICIARÁS LOS BIENES AJENOS

  1. ¿Qué manda y qué prohíbe el décimo mandamiento?

Este mandamiento, que complementa al precedente, exige una actitud interior de respeto en relación con la propiedad ajena, y prohíbe la avaricia, el deseo desordenado de los bienes de otros y la envidia, que consiste en la tristeza experimentada ante los bienes del prójimo y en el deseo desordenado de apropiarse de los mismos.

  1. ¿Qué exige Jesús con la pobreza del corazón?

Jesús exige a sus discípulos que le antepongan a Él respecto a todo y a todos. El desprendimiento de las riquezas –según el espíritu de la pobreza evangélica– y el abandono a la providencia de Dios, que nos libera de la preocupación por el mañana, nos preparan para la bienaventuranza de «los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3).

  1. ¿Cuál es el mayor deseo del hombre?

El mayor deseo del hombre es ver a Dios. Éste es el grito de todo su ser: «¡Quiero ver a Dios!». El hombre, en efecto, realiza su verdadera y plena felicidad en la visión y en la bienaventuranza de Aquel que lo ha creado por amor, y lo atrae hacia sí en su infinito amor.

«El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir»
(San Gregorio de Nisa).



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