Misterios gloriosos: La Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles

Luego de la Ascensión del Señor, los que le habían acompañado de Jerusalén al Monte de los Olivos tomaron el camino de regresaron a la Ciudad, para perseverar en la oración constante, en la compañía de la madre de Jesús “María”. El había cumplido la promesa de resucitar tal como lo dice las escrituras: “Vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos”.

Cuando llego el día de la fiesta del Pentecostés, que se realiza cincuenta días después de la pascua y de la Resurrección de Jesús, estaban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar. Así que vino del cielo un ruido fuerte como el de una ráfaga de viento, que llenó todo el lugar en el que se encontraban.

Y de repente se le aparecieron unas lenguas de fuego que se repartieron sobre cada uno; fue desde ese entonces cuando quedaron llenos del Espíritu Santo y todos ellos se pusieron a hablar en lenguas, según el Espíritu les permitía.

En ese momento estaban en Jerusalén hombres piadosos que llegaron desde todas las naciones. Al producirse ese poderoso ruido, las personas se congregaron escuchando oírles a cada uno en su propia lengua las poderosas maravillas de Dios.

Fue entonces cuando Pedro, se presento con los Once y levando su voz dijo: “Judíos y habitantes todos de Jerusalén: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, sino que Dios ha derramado sobre ellos su Espíritu”.

«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hch 2, 1-4).

«”Espíritu Santo”, tal es el nombre propio de Aquél que adoramos y glorificamos con el Padre y el Hijo. La Iglesia ha recibido este nombre del Señor y lo profesa en el Bautismo de sus nuevos hijos» (CIC, 691).

Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.



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