El deseo de felicidad

Las bienaventuranzas tienen que ver con la existencia humana, ya que Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Porque estas permiten en el creyente el deseo de la  felicidad, que es de origen divino: porque Dios lo ha puesto en el corazón del hombre con el fin de atraerlo hacia su presencia.

Todos anhelamos el vivir felices, y no existe  nadie que no esté de acuerdo con este deseo ya que todo perseguimos lo mismo plenitud en Dios. Lo importante de todo esto es poder aplicar las bonanzas de nuestro señor en el diario vivir. Pero algo fundamental es la fe con la que realizamos las cosas.

La frase ¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, encuentro la vida feliz, haz que te busque para que mi alma viva, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma de ti. Las bienaventuranzas es una de las hermosas cosas que Dios dejo para cada uno de sus hijos con el fin de que todo nos lleve hacia él y aprendamos a vivir a su dependencia.

Dios nos llama a su propia bienaventuranza, el se dirige a cada uno de forma personal, pero también de forma colectiva a su Iglesia. El pueblo nuevo que ha acogido y mantiene promesa que viven de la fe.

1718 Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer:

«Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada» (San Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae, 1, 3, 4).

«¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti» (San Agustín, Confessiones, 10, 20, 29).

 «Sólo Dios sacia» (Santo Tomás de Aquino, In Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, c. 15).

1719 Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.

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